A la sombra de un viejo amigo.
Cuando ciertos momentos difíciles me conducen hacia la trampa de pensar que mi existencia no tiene sentido, acostumbro sentarme a la sombra de un gran árbol, en silencio, para pedirle a Dios (o el Universo, la Energía Universal, el Cielo, el Todo, como lo quieran llamar) que limpie mi mente de aquellos pensamientos que me impiden ver la luz.
Si el ajetreo de la cotidianidad no me permite trasladarme a algún parque con árboles, paso algún tiempo en el pequeño patio de mi casa, al cuidado de las plantas que allí cultivo. Conversar con ellas, observar cómo hacen su papel en la creación, libres de cuestionamientos, análisis y juicios, simplemente siendo lo que son, me ayuda a entender lo fácil que puede ser la vida.
Estas sagradas criaturas, silentes, pacientes, dignas, se encargan de transmutar esas bajas vibraciones de nuestra mente. Limpian los canales energéticos de nuestro campo aural, para que llegue a nosotros –sin obstáculos– la energía del amor: a fin de cuentas, ésta es la única responsable de toda la creación... Incluyéndonos.
Námaste
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