En mi opinión, un poco de sacrificio no está mal.
Escribo “un poco”, porque considero que un exceso de sacrificio, un
sacrificio continuado, y sobre todo un sacrificio que no es reconocido,
es innecesario.
Aclaro que para mí la palabra sacrificio es
distinta que para otras personas. Cuando empecé a estudiar la etimología
de las palabras que me llamaban la atención, en un arranque de
imaginación le adjudiqué otro sentido que no es el original, pero es que
me gusta sentirla proviniendo de la unión de “sacro” y “oficio”.
Sagrado oficio.
Me viene bien que sea así, porque si algo que
requiere un esfuerzo por mi parte no tiene algún tipo de compensación
(esas “caricias” que buscamos cada vez que hacemos algo por los otros
aunque parezca que es por amor al prójimo puro y desinteresado), es
posible que llegue a dejar de hacerlo.
Si siento que lo que hago
es un Sagrado Oficio me resulta tranquilizador de algún modo, porque ya
recibo una caricia desde mi alma aunque luego la otra persona no me la
dé.
Soy consciente de que algunas personas ya se han sacrificado
por mí, tanto si lo interpretan a mi modo como si lo hacen al suyo.
Mi madre se sacrificó por mí, como hacen las buenas madres, y sé que a
lo largo de mi vida ha habido otras personas que también lo han hecho,
aunque ahora no sea consciente de todas ni las recuerde.
Todos
hacemos algo por los otros en alguna ocasión. Más o menos, pero hacemos.
Siempre hay momentos en los que hacemos algo que no nos agrada
especialmente, pero algo nos dice desde dentro que hay que hacerlo, que
somos una comunidad aunque no nos conozcamos, que todos necesitamos algo
de los otros en algún momento, que hay una ley no escrita que nos
“obliga” a contribuir en beneficio del bienestar de los otros. También
nos dice, aunque esto no lo escuchamos casi nunca, que los otros y
nosotros somos lo mismo.
El sacrificio yo lo entiendo como un
acto de generosidad sin límites, como la voz del corazón que se
manifiesta a través de nuestros actos.
Ofrecemos un parte de
nuestro tiempo –que es nuestra vida, o sea que lo convertimos en el
regalo más caro que podemos hacer- para animar a un afligido, para
escuchar a un desconsolado, para dar una opinión a un desorientado, para
ayudar a un necesitado… y no somos nosotros quienes promovemos el acto:
somos el recadero del alma, que utiliza nuestra presencia física en el
mundo para manifestar lo que brota de sí.
¿Puede ser algún oficio
más sagrado que este de ofrecer a otra persona nuestro mayor tesoro,
una parte de nuestra vida, por el bien de esa persona?
Los
“sacrificios” que nos imponen los otros, y generalmente a cambio de
nada, ni siquiera una consideración, no entran dentro de los verdaderos y
nobles sacrificios. Se les puede llamar, más acertadamente,
imposiciones ineludibles, o privaciones impuestas, o sufrimientos,
órdenes, castigos, o martirios a conciencia. Pero no sacrificios.
El sacrificio al que yo me refiero deja una sensación agradable en el
fondo, aunque a veces lo oculte una especie de fastidio. Queda dentro de
uno. Hay algo, que no es el ego, que se regodea en el acto de haber
hecho algo por otra persona.
Esa caridad, esa empatía, esa
benevolencia, ese darse del todo para consuelo del otro, para ayudarle,
esa ofrenda que uno hace cuando está con el otro o por el otro, dándose,
entregándose, anteponiéndole… la recompensará la vida, pero sólo si no
se hace buscando recompensa.
El sacrificio es generosidad pura.
Y si no es así, deja de ser sacro-oficio. Un Oficio Sagrado.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
viernes, 18 de noviembre de 2022
UN POCO DE SACRIFICIO NO ESTÁ MAL (Por Emma Fernandez)
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