Todo
funciona por resonancia. O la hay o no la hay. O existe o no existe. O
se da o no se da. Cuando la resonancia se fuerza, se nota. No hay
fluidez, sino obligaciones, contratos (conscientes o inconscientes) y
miedo. Mucho miedo.
Si
no hay resonancia, no la hay. Y no pasa nada. Mejor reconocerlo y
decir: “Vale, pues no la hay. Puede ocurrir. Tal vez esto ya no dé más
de sí”. El verdadero drama es prolongar resonancias inexistentes. El
compromiso. El “para siempre” porque sí y nada más. Eso no es libertad.
No es amor (ni nada que se le parezca). Es cárcel. Y hay que verlo,
ponerle punto final. Para que el tema no se enquiste.
Vivimos
en el mundo del “que parezca que”. De los contratos. De las
apariencias. Actuamos desde la mente, no desde el corazón. Y luego, le
plantamos la etiqueta de “amor”. Por eso no funciona. ¿Amor para
siempre? Sí, en tu mente. En tus creencias inconscientes. El amor solo
es para siempre si se da la libertad de no serlo. De vivir el ahora. De
amar de verdad, no con contratos en la mano. Y no te digo que no firmes
contratos, sino que el contrato puede romperse. Quedarse en papel
mojado. Ya sé que no es idílico ni romántico. Pero reconocerlo conlleva
libertad. Y la libertad refuerza el amor, no lo enjaula. De hecho, amor
es sinónimo de libertad. Sin obligaciones en cuestión de sentimientos.
Te amo ahora. No sé dentro de 5 años, de 10 o de 15. ¿Observas el miedo
aparecer?... Ahí está el contrato, y el miedo. El sentimiento
encarcelado y carente de vida. La ausencia de libertad y verdadero amor.
Toma conciencia de ello. 
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Javier López Alhambra
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