A veces creemos que la respuesta está lejos: en otro lugar, en otra persona, en otro trabajo, en otra etapa de la vida. Y emprendemos largos viajes, cambiamos de rumbo una y otra vez, persiguiendo algo que parece estar siempre un poco más adelante.
Pero con el tiempo descubrimos que muchas de las cosas que buscábamos afuera —la paz, la aceptación, el sentido, la plenitud— no estaban escondidas en ningún destino. Estaban esperando dentro de nosotros, cubiertas por el ruido, las expectativas y el miedo.
No fue un error buscar. También era necesario recorrer caminos, equivocarse y mirar horizontes lejanos para comprender lo que realmente importaba. Porque hay verdades que nadie puede enseñarnos; solo pueden ser encontradas después de una larga búsqueda.
Y quizás esa sea una de las grandes paradojas de la vida: a veces hay que alejarse mucho para regresar a uno mismo. Solo entonces entendemos que aquello que anhelábamos no estaba al final del camino, sino en nuestro interior, esperando el momento en que estuviéramos listos para reconocerlo.
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