“No juzgues al sincero por su dureza, cuídate del falso por su dulzura.” 

Y mientras más años pasan, más sentido le encuentro.
Porque la vida te enseña algo incómodo:
No toda persona amable tiene buenas intenciones. 
Hay personas que siempre tienen una sonrisa.
Siempre te dicen lo que quieres escuchar.
Siempre parecen estar de tu lado.
Y aun así… son las mismas que hablan de ti cuando te das la vuelta.
Por eso a veces confundimos sinceridad con agresión.
Y dulzura con bondad.
Pero no son lo mismo.
Porque hay personas sinceras que pueden sonar duras.
No porque quieran herirte.
Sino porque prefieren incomodarte con la verdad antes que engañarte con una mentira. 
Son esos amigos que te advierten.
Los que te dicen lo que necesitas escuchar.
Los que arriesgan caer mal por verte bien.
Y luego están los otros.
Los que te aplauden todo.
Los que nunca te contradicen.
Los que te llenan de halagos.
Pero desaparecen cuando más los necesitas. 
La diferencia suele ser sencilla:
El sincero busca tu bienestar.
El falso busca tu aprobación.
Por eso no juzgues tan rápido a quien te corrige con cariño.
Y tampoco entregues tu confianza solo porque alguien sabe hablar bonito.
Porque quien te quiere de verdad no siempre te dirá lo que te gusta.
Pero casi siempre te dirá lo que te ayuda.
Y eso, aunque incomode, también es una forma de amor. 

— Susana Rangel
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