jueves, 28 de mayo de 2026

EL PERDÓN MÁS IMPORTANTE ES HACIA NOSOTROS MISMOS (Por Laberinto Universal)

 

Sabemos perdonar a los demás. O al menos lo intentamos. Hay manuales, terapias, consejos espirituales sobre cómo liberar el rencor hacia quien nos dañó. Pero hay un perdón que casi nunca practicamos y que es, paradójicamente, el más necesario: el perdón hacia nosotros mismos. Nos castigamos por errores que cometimos hace años, por palabras que dijimos sin pensar, por oportunidades que dejamos pasar, por no haber sido mejores padres, mejores hijos, mejores amantes. El juez interior es implacable y nunca se jubila. Y mientras seguimos condenándonos, ese juicio no nos hace mejores; nos hace más rígidos, más duros, menos capaces de empatía con los demás.
El psicólogo Carl Rogers dijo que "el curioso fenómeno de que cuando acepto incondicionalmente a la persona que soy, entonces puedo cambiar". No al revés. No cambio porque me castigo; cambio porque me acepto. La auto-compasión no es un lujo para débiles; es una tecnología de cambio. Cuando te perdonas a ti mismo, dejas de gastar energía en la culpa y la vergüenza, y esa energía queda disponible para actuar de otra manera. El que se odia por haber fallado no tiene fuerzas para intentar de nuevo. El que se perdona, sí. El perdón a uno mismo no es excusa para repetir el error; es la condición para no repetirlo.
Las tradiciones contemplativas distinguen entre arrepentimiento y culpa. El arrepentimiento es útil: reconozco que hice mal, me duele, y quiero reparar. La culpa es destructiva: soy malo por haber hecho mal, y no hay reparación posible porque el defecto está en mi ser, no en mi acto. El perdón a uno mismo es el puente entre la culpa y el arrepentimiento. No dice "no importa lo que hice". Dice "lo que hice importa, pero no define quién soy. Puedo cambiar. Y para cambiar, necesito soltar la condena". La condena perpetua no es justicia; es tortura. Y la tortura no redime; endurece.
La próxima vez que te sorprendas reprochándote algo del pasado, detente. No intentes olvidar ni minimizar. Simplemente pregúntate: "¿Qué aprendería de esto si pudiera perdonarme?". No es fácil. Tu juez interior tiene años de práctica. Pero puedes empezar por algo pequeño: un error menor, una torpeza, una palabra fuera de lugar. Dite a ti mismo: "Está bien. Fue un error. No soy un monstruo por haberlo hecho". Siente cómo la tensión disminuye un poco. Ese pequeño respiro es el perdón. Repítelo. Con el tiempo, el juez se vuelve más benevolente. No desaparece, pero ya no dicta sentencias perpetuas. Y cuando logres perdonarte a ti mismo, notarás que también se te hace más fácil perdonar a los demás. Porque la dureza contigo es la misma dureza que aplicas al mundo. Suéltala. No te mereces el castigo perpetuo. Te mereces la oportunidad de empezar de nuevo. Y empezar de nuevo es lo que haces cada día, aunque no lo sepas.
— Laberinto Universal

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