Tal cual, gente…
Si se vuelven observadores por un instante, se darán cuenta de algo inmenso: esto es un escenario.
Todos traemos un personaje que interpretar, un guion que desarrollar y un programa instalado sobre cómo pensar, reaccionar, amar, obedecer, creer, trabajar, sufrir y hasta celebrar.
Pero si te observas con verdadera atención, vas a notar algo inquietante:
Muchas veces no eres tú quien está pensando.
No eres tú quien está reaccionando.
No eres tú quien está eligiendo.
Es un programa hablando por ti.
Una memoria heredada.
Una orden social.
Una costumbre repetida.
Una emoción prestada.
Una idea sembrada desde afuera.
¿Por qué festejas lo que festejas?
¿Por qué crees lo que crees?
¿Por qué sigues defendiendo sistemas que te drenan?
¿Por qué vuelves una y otra vez al pasado?
¿Tú quieres pensar eso… o algún programa te arrastra de nuevo ahí?
Estamos dentro de un sueño inducido, dentro de un constructo tan perfectamente montado que la mayoría ni siquiera nota que está actuando.
Te dicen qué soñar.
Te dicen qué temer.
Te dicen qué desear.
Te dicen qué comprar.
Te dicen qué creer.
Te dicen contra quién pelear.
Te dicen qué es éxito, qué es fracaso, qué es pecado, qué es normal y qué es locura.
Y como no sabes que estás dentro de un sueño programado, terminas soñando el sueño de otros.
Te tienen siguiendo políticos.
Te tienen defendiendo religiones.
Te tienen viendo fútbol como anestesia.
Te tienen pegado a pantallas que programan tu mente.
Te tienen creyendo que estás enfermo, incompleto, roto o condenado.
Te tienen programado en carencia.
Te tienen buscando afuera lo que siempre estuvo dentro.
Te llevan a la escuela para instalarte un programa escolar.
Te meten en sistemas para enseñarte a obedecer.
Y muchas veces, la familia se convierte en el programa más poderoso, porque se disfraza de amor mientras instala miedo, culpa, obligación y repetición.
Detente.
No reacciones.
No tomes partido.
No corras detrás del ruido.
No defiendas una jaula solo porque te acostumbraste a vivir dentro de ella.
Obsérvate.
Observa tus pensamientos.
Observa tus emociones.
Observa tus impulsos.
Observa tus lealtades invisibles.
Observa qué haces por amor y qué haces por programación.
Observa qué eliges tú y qué eligieron por ti.
Ahí empieza el despertar.
No en gritar.
No en pelear.
No en convencer a nadie.
No en cambiar de religión, de gurú, de partido o de ideología.
El despertar empieza cuando dejas de funcionar en automático.
Cuando te miras desde adentro y dices:
“Esto no soy yo.
Esto es un programa.
Esto es una reacción instalada.
Esto es una voz aprendida.
Esto es un sueño ajeno.”
Y entonces, por primera vez, eliges.
Aunque todo afuera colapse.
Aunque nadie te entienda.
Aunque el personaje tiemble.
Aunque el mundo te llame loco por dejar de obedecer.
Porque en esta dimensión el ser no vino a aprender a ser algo.
El ser ya es.
Tú no eres un alumno perdido en una escuela cósmica.
Tú eres esencia creadora infinita, sin principio ni fin, recordando dónde está.
No tienes que convertirte en algo.
No tienes que ganarte tu luz.
No tienes que pedir permiso para existir.
No tienes que obedecer el sueño de nadie.
Solo tienes que recordar.
Recordar que estás dentro de un escenario.
Recordar que el personaje no es el origen.
Recordar que el guion puede observarse.
Recordar que el programa puede dejar de ejecutarse.
Recordar que la consciencia, cuando se hace presente, rompe el hechizo.
Estás dentro de un sueño…
pero ya no tienes que seguir soñando lo que otros te ordenaron.
Despierta.
Obsérvate.
Elígete.
Eso es todo.
Chely Sánchez Meza
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