El culto a la perfección impera
más que nunca en nuestras sociedades y superarse a uno mismo está cada
vez más de moda. Desafíos cotidianos que pueden salirnos caros y nos
condenan a una frustración constante. ¿Por qué no empezar a aceptar
nuestras imperfecciones?
La necesidad de ser el mejor en todo es
uno de los rasgos característicos de la época en la que vivimos. En el
trabajo, con nuestros hijos, hasta debajo de las sábanas, el
perfeccionismo condiciona hasta la última de nuestras acciones hasta
obligarnos a escoger el mejor detergente o la crema más efectiva.
El culto a la perfección nos convierte en perfeccionistas condenados a
competir constantemente, queriendo superar siempre los límites de una
felicidad imposible de alcanzar. Sin embargo, querer ser el mejor padre,
el mejor amante o el mejor empleado, acaba acarreando muchas
frustraciones. En su libro “El aprendizaje de la imperfección”, el
profesor de psicología positiva Tal Ben-Shahar, estima que “abandonando
la perfección conseguirás aceptar lo que la vida te ofrece y sacar de
ello el mejor partido”.
EL PERFECCIONISTA
Cada vez que
actúa se pregunta si habrá hecho bastante. Sin llegar a la
caricaturización, podemos decir que los perfeccionistas presentan una
serie de rasgos en común: “el perfeccionista intenta, por encima de
todo, ser el mejor y mostrarse altamente eficaz. No importan los medios
ni cómo se siente, lo único que cuenta es el resultado”, explica el
filósofo Fabrice Midal, editor de Tal Ben-Shahar.
Rechaza todo lo
que se aleja de su visión idealizada de la vida donde no hay lugar para
los errores ni para los defectos. Necesita controlarlo todo para sentir
que tiene el poder aunque este sentimiento en realidad sea falso. En el
fondo, y aunque no lo reconozca, sufre cada vez que no consigue llegar a
su altos niveles de exigencia.
LOS PELIGROS DE LA BÚSQUEDA DE LA PERFECCIÓN
El fijarnos objetivos casi inalcanzables no nos da para nada la
felicidad, al contrario, “este comportamiento puede llegar a hacernos
muy infelices”, intenta demostrar Tal Ben-Shahar en su libro. El
problema es que el perfeccionista no consigue sacar satisfacción alguna
de sus éxitos porque una vez alcanzado el objetivo, necesita siempre
superar un nuevo reto, “resultando en una insatisfacción crónica y en un
sentimiento de frustración constante”, añade Fabrice Midal.
Además, vive en un mundo idealizado, donde no existen los pensamientos
dolorosos, que le lleva a negar la realidad y que a la larga le sale
caro porque le crea angustia. El miedo al fracaso planea sobre él, como
un fantasma o como una sombra pegada a los talones de la que no se puede
desprender.
En algunos casos, un simple fracaso puede hacer que todo su mundo se desmorone.
APRENDER A SER IMPERFECTOS
El deseo de mejorar forma parte de la naturaleza humana y nos ayuda en
muchas ocasiones. Sin embargo, cuando se lleva al extremo, hace más mal
que bien. “El modo en el que hemos proyectado nuestra búsqueda de la
perfección nos ciega y todavía nos queda mucho trabajo que hacer para
deshacernos de esta creencia”, insiste Fabrice Midal, haciéndose eco de
las palabras del profesor de psicología positiva. En lugar de mostrarnos
a los demás como si no tuviéramos defectos, deberíamos hacer todo lo
posible por aceptarlos. Cuando tenemos una visión “imperfecta y
aceptable”, las emociones dolorosas forman parte de nuestra vida. ¡Es
completamente normal estar nervioso antes de una entrevista de trabajo!
Según Tal Ben-Shahar, existe una diferencia entre la aceptación activa
de nuestras emociones, la cual nos sirve para aprender a sacar lo mejor
de ellas, y la prohibición de sentirlas, la cual nos inhibe. En cuanto
al fracaso, podemos aprender de ello. Al final, lo que realmente importa
es el camino que seguimos, o nuestro recorrido, más que el destino o el
resultado.
VALORAR MÁS NUESTRA VIDA
La aceptación de la
imperfección se basa en una idea fundamental: aprender a valorar nuestra
vida en lugar de desafiarla constantemente. Según un estudio dirigido
por los psicólogos Robert Emmons y Michael McCullough*, las personas que
diariamente piensan en cinco cosas, pequeñas o grandes, por las que se
sienten agradecidos (personas que tienen el sentido de la gratitud más
desarrollado) afirman sentirse mejor que las que no lo hacen. ¿Cuál es
el motivo? “Cuando desarrollamos la gratitud, ya no necesitamos que pase
algo extraordinario para ser felices. Son las pequeñas cosas las que
pueden llegar a emocionarnos”, responde el filósofo.
Su consejo: pensar cada día en 3 o 5 cosas por las que te sientas agradecido.
LOS DEMÁS TAMPOCO SON PERFECTOS
Atrapado entre el miedo al fracaso y la obligación de dar siempre lo
mejor de sí mismo, el perfeccionista suele ser muy exigente con los
demás. El más mínimo contratiempo puede llegar a poner en juego una
relación. El aprendizaje de la imperfección pasa, por una parte, por
aceptar el conflicto, que ya es un paso para llegar más lejos. Por otra
parte, hay que dejar de lado expectativas idealistas con respecto a los
demás y fijarnos otras más acordes con nuestras propias necesidades y
con el respeto de las de los otros.
Por todo ello, aprender a no ser perfectos puede convertirse en el camino de vuelta a nuestra humanidad.
C. Maillard
viernes, 5 de agosto de 2022
DEJA DE INTENTAR SER PERFECTO (Por Emma Fernandez)
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