Alcanzado
el término que señaló la Providencia para su vida errante, el Espíritu
elige por sí mismo las pruebas a que quiere someterse para acelerar su
progreso, es decir, el género de existencia que cree más apropiado para
suministrarle los medios, y esas pruebas están siempre en relación con
las faltas que debe expiar. Si triunfa se eleva; si sucumbe, le toca
volver a empezar.
El
Espíritu goza siempre de su libre albedrío y en virtud de esta libertad
elige en estado de Espíritu las pruebas de la vida corporal las que
después en estado de encarnado, delibera si las cumple o no, escogiendo
entre el bien y el mal. Denegar al hombre su libre albedrío, sería
reducirlo a la condición de una máquina.
Al
entrar en la vida corporal, el Espíritu pierde momentáneamente el
recuerdo de sus existencias anteriores, como si las ocultase un velo.
Aunque a veces tiene una vaga conciencia de ellas e incluso pueden serle
reveladas en ciertas circunstancias; pero sólo por voluntad de los
Espíritus superiores que lo hacen espontáneamente, con un fin útil y
jamás para satisfacer una vana
curiosidad.
En ningún caso pueden ser reveladas las existencias futuras; porque
dependen del modo como se viva la existencia presente y de la elección ulterior del Espíritu.
El olvido de las faltas cometidas no es un obstáculo al progreso del
Espíritu,
porque si no tiene un recuerdo preciso, el conocimiento que tuvo en
estado errante y el deseo que concibió de repararlas, le guían por medio
de la intuición y le sugieren el pensamiento de resistir al mal. Ese
pensamiento es la voz de la conciencia, secundada por los Espíritus que
le asisten, si escucha las buenas inspiraciones que le sugieren.
Si
el hombre no conoce los actos que cometió en sus existencias
anteriores, puede saber siempre de qué clase de faltas se hizo culpable y
cuál era su carácter dominante. Basta estudiarse y puede juzgar lo que
fue, no por lo que es, sino por sus tendencias.
Las
vicisitudes de la vida corporal son a la vez una expiación de las
faltas del pasado y pruebas para el futuro. Nos purifican y nos elevan
según las soportemos con resignación y sin murmurar.
La
naturaleza de las vicisitudes y las pruebas que soportamos puede
ilustrarnos también acerca de lo que hemos sido y de lo que hemos hecho,
como en este mundo juzgamos los actos de un culpable por el castigo que
le impone la ley.
Así, alguien será castigado en su orgullo por la humillación de una
existencia
subalterna; el mal rico y el avaro, por la miseria; el que ha sido duro
para con los otros, por la dureza que soportará; el tirano, por la
esclavitud; el hijo malo, por la ingratitud de sus hijos; el perezoso,
por el trabajo forzado, etc.
Libro de los espíritus. Allan Kardec.
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