Hemos
culpado al deseo de todos los males, hemos acusado a nuestro instinto
de crecimiento y evolución como el mal de todos los males; en verdad el
mal no es el deseo..., sino su falta, la falta de ilusión, pasión, de
fuego por la vida que la consume, sin gloria.
Desear
algo, saber lo que quiero y ir a por ello..., es el motor que mueve la
vida; sin deseo, sin imaginación la experiencia es rutina sin valor.
Limitamos
el poder de creación, el poder de soñar, de disfrutar con todos
nuestros sentidos y energías, ocultando y distorsionando el conocimiento
y la conciencia divina y material.
La
moral y las leyes del hombre tratan a todos por igual, sin reconocer la
individualidad y autenticidad, creando la emoción de la culpa y la
obligación..., y dividiendo las energías que poseemos.
La
moral no es seguir algo, porque lo dice otro..., otro no te puede
decir que está bien o mal, la moral no es renunciar a tus valores,
principios, ni ideales; la moral ajena no es la mía, yo tengo mi propia
conducta, patrones, personalidad y singularidad dentro del todo.
La
moral no está fuera, no es la verdad, de lo que cada uno es y vibra...;
existe una ética personal, una conducta, que plasma los valores
intrínsecos de cada individuo... en coherencia, armonía y amor para con
todo ( MJ11).
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