En mi opinión, es conveniente conocer el origen de las palabras importantes que usamos.
Por ejemplo, personalidad y persona, vienen del latín “per sonare” y se
refiere a las máscaras que se utilizaban en el teatro griego. Debido a
la ausencia de sistemas de megafonía, y para que oyeran los que estaban
más alejados del escenario, las máscaras llevaban acopladas a la boca
una especie de altavoz, como trompetillas, que ampliaban el tono de voz.
Estas mismas máscaras, para que se me oiga y para que se me
vea, pero como “actor”, o sea, haciendo una representación distinta de
quien originalmente soy, las utilizaré a lo largo de mi vida desde que
comience mi educación.
La primera máscara-personalidad la
utilizaré para comprar el cariño de los que me rodean y me crían, para
no perder sus favores y los cuidados necesarios. Haré una personalidad
como la que ellos desean y esperan de mí, para que me acepten y me den
todo lo que necesito con esos pocos años en que no puedo valerme por mí
mismo.
Después, las circunstancias, si yo no hago algo para
evitarlo, me obligarán a seguir utilizando distintas máscaras a lo largo
del día y de la vida, y dependiendo de con quién esté, tendré que
ponerme la máscara-personalidad de empleado sumiso que no quiere perder
el puesto de trabajo, la de amiga confesora que escucha y guarda un
secreto, la de galán simpático que trata de conquistar, la de sufrida
ama de casa que no es comprendida ni valorada, la de cristiano sin
vocación, la de hijo obediente, y cientos de ellas más.
Si uno
es consciente de ello, quizás no sea malo, porque es una máscara que
está temporalmente sobre la auténtica cara y que se puede quitar cuando
acaba la representación; el problema surge, cuando uno se identifica con
la máscara y se cree que la máscara es su naturaleza y su realidad.
El problema es que si uno está “actuando” siempre y en cada momento, y
con un personaje distinto en función de con quién esté, puede llegar a
olvidar quién es realmente y confundirse y creer que es alguno de ellos o
todos los que representa.
Un actor de teatro profesional es una
persona cuando llega al teatro. Una vez allí se convierte en el
personaje que tiene que representar, se maquilla y viste como
corresponde a ese momento de su vida para representar el papel, pero una
terminada la representación, se desmaquilla, se desviste del personaje,
se deshace de él y lo olvida por completo, lo deja en el teatro, y
vuelve a ser la misma persona que llegó y que en ningún momento ha
dejado de ser aunque representara a otra persona. Esto es perfecto. Esto
es lo que deberíamos aprender a hacer.
Todos somos utilizamos
diferentes yoes –o personajes-, y es que, además, y en muchas ocasiones
simplemente para sobrevivir, tenemos que hacerlo así.
Es difícil, lo que no quiere decir imposible, ser uno mismo en todas las circunstancias.
A veces, hay que ser la madre tierna, la esposa comprensiva, la puta en
la cama, el hombre valiente, el jefe duro y justo, la cocinera eficaz,
el conductor amable, el confesor, el amigo fiel…todo ello sin renunciar a
seguir siendo uno mismo, o más bien, siendo uno mismo.
Es
difícil, lo que no quiere decir imposible, acertar en cada momento, pero
hay que tener algo muy claro: si la gente con la que uno se relaciona
exige que uno sea siempre de cierta forma que no es la suya habitual,
habrá que mirar atentamente si es absolutamente necesario, o si uno se
está vendiendo a bajo precio. O si interesa esa relación.
Si para
contentar a cierta persona hay que estar siempre optimista, porque es
lo que espera de uno, y no es aceptado en un mal día, debería revisar
seriamente si le interesa esa relación. Si en la relación con otra
persona siempre se tiene que ser gracioso o servicial –o servil- porque
es lo que espera de uno, y no le acepta un día que no puede o no quiere
serlo, debería valorar si le interesa esa relación.
“Hay una cosa
que ni siquiera Dios puede hacer”, le dijo el maestro a un discípulo al
que le aterraba la mera posibilidad de ofender a alguien, “¿y cuál
es?”, “agradar a todo el mundo”, dijo el maestro.
El esfuerzo que
requiere la “actuación” que nos exigen ciertas normas, que no sabemos
quién instauró, y que no cuestionamos si son compatibles con nuestra
naturaleza y deseos, o si solamente estamos satisfaciendo deseos
extraños y no los propios, es agotador.
Vivir tantos personajes
en el día, saber comprender a cada uno de ellos, tomar decisiones
personalizadas con cada personaje, hacer que uno diga y otro calle, o
que otro diga y uno calle, conseguir un equilibrio entre
mente-pensamiento-deseo-realidad-duda, vivir la propia historia al
margen de otras historias, malgastar un poco del irrecuperable tiempo,
pintarse una sonrisa con desgana, morir en cada momento… son algunas de
las solicitudes de la vida en función de los demás.
Ser uno
mismo, desarrollar la propia personalidad, pero sin aplicar los
resultados al personaje que estamos siendo sino al fondo que somos, es
el camino adecuado.
Ser uno mismo a la búsqueda de uno mismo.
Y a eso se le llama IDENTIDAD (del diccionario de la RAE: hecho de ser
una persona o cosa la misma que se supone). La identidad es lo único que
permanece en la persona desde su nacimiento hasta el fin. Cambia el
cuerpo, el pelo, el tono de voz, la osamenta; cambia el nivel cultural,
cambian las aficiones, los gustos, los deseos; cambian las ilusiones,
las metas, el entorno… lo único que no cambia, lo que permanece igual es
la identidad.
Lo que somos. La esencia íntima que somos.
Esa característica natural que alguien nos implantó es la que
evoluciona con las experiencias, pero no en un sentido expansivo y a la
búsqueda de lo exterior, sino todo lo contrario, un crecimiento
implosivo, cada vez más hacia el núcleo, resumen y esencia en el que
todos nos unimos, del que todos partimos.
El éxito, y la
tranquilidad personal, es preservar la identidad en su integridad,
defenderla y mantenerla siempre, ampliarla, actualizarla… porque el
respeto a la propia identidad es la defensa de la dignidad personal.
O sea, lo que siempre se ha llamado SER UNO MISMO.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
lunes, 24 de febrero de 2025
LA IDENTIDAD (Por Emma Fernandez)
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