En mi opinión, quien tiene un talento –entendiendo por talento una
aptitud o capacidad- tiene también la obligación –ética o espiritual- de
compartirlo.
No voy a recurrir al argumento de que todos debemos
colaborar en el mejoramiento de la especie humana y por eso conviene que
quien sabe enseñe, o quien pueda ayudar ayude.
No voy a
recurrir al argumento cristiano del amor al prójimo, o eso de “haz por
los otros lo que te gustaría que hiciesen por ti”, ni a que con ello te
vas a ganar el cielo, ni a que “hay que predicar con el ejemplo”.
Aunque… si eres cristiano, ya sabes que tienes que compartir los dones
que recibes, así que… vas a tener que hacerlo.
No voy a
inventarme un chantaje lastimero o emocional, ni maldiciones o castigos
infernales para quien no cumpla lo que propone el título.
Simplemente voy a recurrir a la conciencia de cada uno, a ese recinto
sagrado que cada uno lleva dentro de sí, donde el alma se explaya en
consejos para un bien actuar, para hacer cosas de las cuales sentirse
digno, para manifestar la parte generosa y divina que cada uno de
nosotros llevamos dentro, con la cual podemos trascender la pequeñez que
mostramos de nosotros mismos en comparación con la grandeza que podemos
llegar a mostrar.
O sea, LA GRANDEZA QUE SOMOS.
No sé si
es cuestión de solidaridad, de hermanamiento, de un cuidado innato que
todos llevamos más o menos activado o escondido, pero cuando uno se deja
ser él mismo, cuando se escapa del personaje que ha tenido que
inventarse para andar por el mundo y deja que se muestre la generosidad
acallada, a veces en desuso, le nace irremediablemente el deseo de
compartir y compartirse, de mostrar su magnanimidad sin reprimirla.
Todos somos generosos por naturaleza y, de hecho, tenemos que hacer un
esfuerzo para reprimirla… o tenemos que seguir actuando
inconscientemente obedeciendo algunas órdenes que alguien nos inculcó
–tal vez la sociedad actual tenga mucho que ver en esto- en las que se
promovía la insolidaridad, la huída de los conflictos ajenos para
recluirnos en los nuestros propios –si es que los nuestros no los
podemos evitar, cosa que haríamos gustosamente-, la comodidad en
oposición a la implicación, o el recogimiento en vez de la apertura de
corazón.
El Ser Humano, en su esencia, y esto es irrenunciable
porque viene incrustado en cada uno de nosotros, es piadoso, y en su
naturaleza lleva implícita la bondad que le brota si no hace nada por
frenarla. También disponemos, todos, de la capacidad de detectar y
comprender al necesitado
Cuando hablo de “tener un talento” no me
refiero a una capacidad extraordinariamente brillante, a la facultad de
hacer milagros, o salvar a la humanidad, como Superman.
Tal vez
tu talento sea cocinar bien, saber planchar, tener conocimientos de
mecánica, poder leer… y puedes enseñar eso a los demás.
Tal vez
tu talento sea que tienes una sonrisa espléndida y se la puedes
contagiar al mundo entero, que sabes dar las gracias mejor que nadie,
que eres amable, que sabes decir “te amo” a tus seres queridos y ser
cariñoso con todo el mundo, o que seas capaz de dar ánimos y dejar un
reguero de bienestar por donde pasas…y con tu ejemplo puedes enseñar eso
a los demás.
Tal vez tu talento sea que eres capaz de distraer o
ayudar a un necesitado, que tu empatía da vida a los otros, que sabes
escuchar con un respetuoso silencio y consolar a los afligidos, que eres
capaz de regalar algunas de tus cosas a quien las puede necesitar y lo
haces sin que te importe, que tienes detalles con los demás… y con todo
eso puedes enseñar a los demás.
Eso puede ser compartir los talentos.
Tú has desarrollado algo, o has sido agraciado con algo, lo que sea, y
crecerá –sin duda- si lo compartes. Es un milagro exponencial por el que
mientras más das, más tienes.
Comparte tus talentos. Y compártete. Te lo agradecerán y te lo agradecerás.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
lunes, 3 de julio de 2023
SI TIENES UN TALENTO, TIENES QUE COMPARTIRLO (Por FRancisco de Sales)
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