Huir de la infancia que dolió no es la salida.
Porque aquello que evitamos no desaparece: se esconde, se repite, se filtra en nuestras relaciones, en nuestros miedos, en nuestras elecciones.
Es importante recordar, no para revivir el dolor, sino para darle sentido.
Para entender la herida, para conocer su origen, para poner palabras donde antes hubo silencios.
No se trata de mirar atrás con reproche, sino con conciencia.
No de culpar, sino de comprender.
No de quedarnos atrapados, sino de liberarnos.
La infancia no es un lugar al que volvemos… es un territorio interno que nos habita.
Y cuando la revisamos con cuidado, con acompañamiento, con calma,
podemos devolver a esa niña —o niño— la dignidad emocional que le faltó.
Huir mantiene la herida viva.
Mirarla con ternura la transforma.
Recordar no es caer… es entender.
Es elegir no repetir.
Porque solo sanamos cuando regresamos al origen con la adulta —o el adulto— que somos hoy, capaces de sostener lo que entonces no supimos cómo manejar.
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