martes, 25 de noviembre de 2025

PREFIERO PERDER GENTE, ANTES QUE PERDER MI VOZ (Por Laura Jeannette Higuera)

 

El día que una empieza a poner límites, no tiemblan las puertas: tiemblan las personas que estaban acostumbradas a abrirte y cerrarte como si fueras una tiendita de 24 horas.
Y ahí es cuando se ponen nerviosos… porque descubren que ya no es tan fácil moldearte, convencerte, culparte o manipularte.
Descubren que la mujer que siempre decía “sí” ahora aprendió a decir “no, gracias… y cierra bien la puerta cuando salgas”.
Poner límites no te vuelve mala, te vuelve dueña de ti.
Y claro que incomoda.
Incomoda a los que se beneficiaban de tu silencio, de tu culpa, de tu ganas de caer bien, de tu miedo a perder a alguien.
Pero un día despiertas, te miras al espejo y dices:
“Yo ya no me pierdo a mí por quedarme con nadie.”
Porque cuando una empieza a escucharse, algo mágico pasa:
Las decisiones dejan de pasar por los caprichos ajenos y pasan por la única persona que vive contigo las veinticuatro horas, la única que sabe lo que te duele, lo que te sana, lo que te conviene y lo que te corresponde.
Y esa persona eres tú.
No tu familia, no tu pareja, no tus amigas… tú.
Poner límites es ese acto de amor propio que muchos confunden con grosería.
Pero mira, qué ironía:
Antes te explotaban por “buena gente”
y ahora te critican por “quererte demasiado”.
Pues que ladren.
El ruido ajeno no borra tu paz.
Y si te llaman complicada, difícil, cortante o “cambiada”, sonríe…
No están describiéndote a ti, están describiendo lo fácil que ya no es manejártela.
A esta edad una ya aprendió:
Prefiero decepcionar expectativas ajenas que traicionarme a mí misma.
Prefiero que me llamen dura antes que dejar que me vuelvan a partir el alma.
Prefiero perder gente antes que perder mi voz.
Porque al final…
poner límites no aleja a quien te quiere,
solo aleja a quien te usaba.

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