¿Te incomodan los abrazos?
No es frialdad. Es una memoria emocional que todavía protege…
Evitar el contacto, los besos o las muestras de cariño no habla de falta de amor, sino de una respuesta somática aprendida desde una experiencia dolorosa.
Desde la mirada sistémica y somática, entendemos que el cuerpo guarda fidelidad a su historia. Cuando alguien se aleja del afecto, muchas veces no lo hace por indiferencia, sino porque su cuerpo aprendió que acercarse podía doler… que confiar era exponerse… que entregarse no era seguro.
Detrás de esa distancia suele haber un niño que no fue sostenido, una niña que no recibió el abrazo que necesitaba, o un hogar donde el amor era escaso, condicionado o confundido con sacrificio y silencio.
Cuerpos que crecieron con padres ausentes, fríos o emocionalmente no disponibles integraron un mensaje inconsciente:
“Sentir no es seguro.”
“Vincularme me pone en riesgo.”
“Es mejor no necesitar.”
Y con el tiempo, esa defensa se volvió identidad.
También existen lealtades invisibles: historias de abandono, traición o humillación en el linaje que enseñaron al cuerpo a cerrarse para no volver a vivir el mismo dolor. No es racional; es un movimiento profundo de protección.
Por eso cuesta recibir un abrazo, soltar el control, confiar, abrir el pecho y dejar entrar la ternura.
No es desamor. Es memoria corporal.
Y lo que un día tu cuerpo aprendió para sobrevivir puede transformarse cuando lo miras con conciencia y compasión.
La herida no exige más dolor: pide ser reconocida.
No estás roto. Solo estás desconectado de tu centro emocional.
Cuando te permites mirar tu historia con amor, sin juicio, el cuerpo encuentra espacio para abrirse nuevamente al vínculo.
Si este mensaje te toca, quizá es el momento de sanar desde la raíz… lentamente, a tu ritmo.
Marifer Sagarra - SOMATIC Experience
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