Una mujer caminaba en pleno invierno. El viento helado le golpeaba la cara y el frío le calaba los huesos. Apretaba fuerte a su bebé contra el pecho, tratando de darle calor con su propio cuerpo.
Sus labios partidos apenas podían susurrar:
—¿Cómo voy a darle de comer? ¿Cómo lo voy a proteger de este frío?
La desesperación le pesaba más que la nieve. Y justo cuando pensó que ya no podía más, vio una vieja taberna abandonada. Al pasar junto a ella, una voz, como salida de su alma, le habló:
“Entra. Aquí encontrarás lo que deseas. Pero cuando salgas, la puerta se cerrará para siempre. Aprovecha… pero no olvides lo esencial.”
Entró temblando. Y lo que vio la dejó sin aliento: montones de oro, joyas, piedras brillantes por todos lados. Todo relucía. Todo parecía decirle: “Ya nunca más vas a sufrir.”
Pensó en el hambre, en las deudas, en todo lo que siempre le había faltado… y comenzó a llenar su delantal, sus bolsas, hasta sus zapatos.
Dejó a su bebé, envuelto en harapos, bajo una banca.
Solo por un momento, se dijo.
La voz volvió a sonar:
“Te quedan nueve minutos.”
Pero ya no escuchaba. Solo veía oro. Solo pensaba en no dejar nada atrás.
Cuando ya no pudo cargar más, corrió hacia la salida. Pero justo al cruzar la puerta, esta se cerró con un golpe seco.
Y fue ahí cuando lo recordó.
Su hijo.
Gritó, arañó la puerta, rogó… pero ya no se abría.
Todo lo que tenía en los brazos… no valía nada.
Había perdido lo único que de verdad importaba.
Y esa… es la historia de muchos.
Corremos detrás del dinero, del éxito, de lo que brilla…
Y en el camino, dejamos a nuestros hijos crecer sin nosotros.
Dejamos a nuestros padres esperando una llamada que nunca llega.
Descuidamos al amor que un día lo era todo.
Y sacrificamos nuestra paz por cosas que, al final, solo pesan… pero no llenan.
La vida se va.
Y un día, la puerta se cierra.
Y en ese momento, ¿qué te vas a llevar?
¿Las joyas? ¿Los logros? ¿Los aplausos?
No. Solo el amor que diste.
Los abrazos. Las risas. Las miradas.
Eso es lo único que permanece.
No te olvides de lo esencial.
Porque cuando esa puerta se cierre… ya no habrá vuelta atrás.
-Susana Rangel
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