Con tal de no estar solos
andamos con locos, con idiotas y borrachos,
con mujeres vacías y personas de moral dudosa.
Mentimos a los padres, juramos en vano,
entregamos la piel y comprometemos nuestros sueños
cruzando la calle a ciegas con el primero que nos da la mano.
Con tal de no estar solos montamos una gran farsa
a la que llamamos AMOR (así, con mayúsculas)
sacando conejos muertos de una chistera,
barajando con trampas nuestras cartas
y haciendo trucos malos con espejos
para no darnos de bruces con la realidad
y alejar de nosotros el miedo a estar solos.
Porque,
con tal de no estarlo o de no parecer que lo estamos,
pasamos hambre, despilfarramos dinero,
oímos sin escuchar,
abrazamos sin abarcar
y nos convertimos en autómatas desesperados,
olvidando lo hermoso que es sentarse a esperar a que las cosas,
sencillamente, sucedan.
El olor a jazmín de las noches de verano y el hallazgo inesperado de lo auténtico, que nos ha de encontrar desprevenidos,
despejados de artificios, desarmados y tranquilos.
Esclavos de lo vaporoso, lo ingrávido.
Dejarse llevar...
Pero,
con tal de no estar solos ni siquiera un momento
seguimos buscando y seguimos fingiendo.
Maquillamos lo que se ve, y lo que no también,
por temor a que descubran nuestros defectos
y la fragilidad que se esconde tras ellos.
Nos apremia el desamparo, la angustia y la prisa…
de modo que nos devora la noche y nos descubre el día
casi siempre en el lugar inadecuado,
donde un incómodo silencio
y un dolor en el pecho nos reprochan una y otra vez
todas esas tonterías que hacemos
aquí y ahora,
mañana y siempre
con tal de no estar solos.
Ana Elena Pena
(Sangre en las rodillas)
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