No
vayáis al camposanto a ofrendarme vuestras flores ni a doblar vuestras
rodillas sobre el frío mármol de mi sepulcro, no evoquéis mi nombre en
esa mansión sombría de la muerte, porque me causa horror ver mi cuerpo
putrefacto, roído por los gusanos. No quiero ver la negrura de la
muerte, sino la luz que irradia de la vida. No quiero oír llantos
ostentosos ni contemplar rostros compungidos, porque eso me hace daño y
me impide alejarme de las miserias morales que me ataron a la tierra.
Quitad ese luto ostentativo, porque me causa tristeza, y sólo sienta
bien a los que gustan seguir el carnaval de la vida, simulando muchas
veces lo que no sienten.
Guardad
vuestras flores materiales para los vivos, que los cadáveres no la
necesitan y ofrendadme a mí las flores luminosas de vuestra alma.
Vuestros
cirios encendidos me hacen reír, y me enoja el fausto y la vanidad de
los suntuosos mausoleos, porque ellos causan dolor, en vez de placer, a
los seres a quienes se les dedican. Vuestros sentimientos sinceros me
hacen mucho bien, y mejor me hacen vuestros elevados pensamientos y
dulces recuerdos con que me evocáis. No seáis supersticiosos, no pidáis
reposo, quietud e inercia para mí, porque como espíritu, soy actividad,
soy movimiento, soy luz, vida, voluntad e inteligencia.
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