Cualquier
observador puede apreciar que el niño en su infancia, y aún los nacidos
en la misma cuna, tienen tendencias y grados de capacidad perceptiva e
intelectual diferentes; lo que nos lleva a la conclusión de que, todo
niño al nacer trae ya en sí el bosquejo de su individualidad que, a
medida de su crecimiento se manifestará en su personalidad. Personalidad
susceptible de perfección, mediante una educación apropiada.
Las
desigualdades humanas nos dan la demostración visible y más palpable de
la ley reencarnacionista, de las vidas múltiples, trayendo en cada una
el fruto de su siembra. Por medio de esta ley, llegamos a comprender que
no venimos a este mundo para comer, dormir y divertirnos; sino a
progresar, a desarrollar nuestras facultades latentes por medio del
ejercicio en el trabajo, en el estudio, venciendo obstáculos,
resistiendo a las tentaciones del mal manifestadas en las múltiples
atracciones del placer en los sentidos, en el mundo de hoy; a adquirir
experiencias y a practicar la fraternidad en nuestras relaciones humanas
TRATANDO A LOS DEMÁS COMO QUEREMOS SER TRATADOS.
No
puede haber igualdad entre quienes se esfuerzan en progresar y
perfeccionarse, y quienes no. No puede haber igualdad de resultados
entre quienes practican el bien y quienes el mal. Por ende, fácil es
comprender que, en las desigualdades humanas existe la acción de la
Justicia Divina de.
Nuestro
mundo es una escuela milenaria, donde hay diversos grados de
aprendizaje, de acuerdo con nuestro adelanto. De cuerpo en cuerpo, como
quien cambia de traje, peregrina el Espíritu, el verdadero ser, donde en
cada nueva vida humana, viene a aprender nuevas lecciones o REPETIR LAS
MAL APRENDIDAS; viene a adquirir nuevos conocimientos que le permitirán
ir subiendo más y más en la escala ascendente de la sabiduría y el amor
fraterno.
Y
así evolucionando mediante el esfuerzo propio en la escuela de la vida,
va capacitándose gradualmente para la vida en mundos mejores, de
felicidad, donde ya la maldad no tiene cabida. «La casa de mi padre
tiene muchas moradas« —dijo el sublime Jesús.
¡Cuan esplendorosa brilla de este modo la justicia de Dios sobre la Tierra!
Sebastián de Arauco.
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