sábado, 25 de octubre de 2025

REENCARNACIÓN (Por Sebastián de Arauco)

 

Cualquier observador puede apreciar que el niño en su infancia, y aún los nacidos en la misma cuna, tienen tendencias y grados de capacidad perceptiva e intelectual diferentes; lo que nos lleva a la conclusión de que, todo niño al nacer trae ya en sí el bosquejo de su individualidad que, a medida de su crecimiento se manifestará en su personalidad. Personalidad susceptible de perfección, mediante una educación apropiada.
Las desigualdades humanas nos dan la demostración visible y más palpable de la ley reencarnacionista, de las vidas múltiples, trayendo en cada una el fruto de su siembra. Por medio de esta ley, llegamos a comprender que no venimos a este mundo para comer, dormir y divertirnos; sino a progresar, a desarrollar nuestras facultades latentes por medio del ejercicio en el trabajo, en el estudio, venciendo obstáculos, resistiendo a las tentaciones del mal manifestadas en las múltiples atracciones del placer en los sentidos, en el mundo de hoy; a adquirir experiencias y a practicar la fraternidad en nuestras relaciones humanas TRATANDO A LOS DEMÁS COMO QUEREMOS SER TRATADOS.
No puede haber igualdad entre quienes se esfuerzan en progresar y perfeccionarse, y quienes no. No puede haber igualdad de resultados entre quienes practican el bien y quienes el mal. Por ende, fácil es comprender que, en las desigualdades humanas existe la acción de la Justicia Divina de.
Nuestro mundo es una escuela milenaria, donde hay diversos grados de aprendizaje, de acuerdo con nuestro adelanto. De cuerpo en cuerpo, como quien cambia de traje, peregrina el Espíritu, el verdadero ser, donde en cada nueva vida humana, viene a aprender nuevas lecciones o REPETIR LAS MAL APRENDIDAS; viene a adquirir nuevos conocimientos que le permitirán ir subiendo más y más en la escala ascendente de la sabiduría y el amor fraterno.
Y así evolucionando mediante el esfuerzo propio en la escuela de la vida, va capacitándose gradualmente para la vida en mundos mejores, de felicidad, donde ya la maldad no tiene cabida. «La casa de mi padre tiene muchas moradas« —dijo el sublime Jesús.
¡Cuan esplendorosa brilla de este modo la justicia de Dios sobre la Tierra!
Sebastián de Arauco.

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