No llega con cuchillo.
No llega con gritos.
Llega con una historia triste.
Con una lágrima que parece genuina.
Con un "nadie me ayuda" que te perfora el pecho.
—
Abres la puerta.
Le das un plato.
Le das un oído.
Le das tu casa, tu tiempo, tu alma.
—
Él ya está buscando a quién más chuparle la vida.
Porque el parásito no tiene un solo huésped.
Tiene una agenda.
Y tú eres solo uno más en su lista.
—
No hay semana sin emergencia, sin drama, sin caos.
Y adivina quién termina resolviéndolo.
Tus finanzas, tu salud, tu paz… todo se va al suelo.
Y él, extrañamente, sigue igual o mejor.
Cuando señalas algo, te dice "estás loco", "yo nunca hice eso", "siempre me malinterpretas".
Terminas pidiendo perdón por lo que él te hizo.
Tu familia se cansa de verte sufrir.
Y cuando estás solo… él se vuelve tu único "apoyo".
Más preso, más vulnerable, más tuyo.
Das dinero, pide más.
Das tiempo, exige más.
Das paciencia, provoca más.
Su hambre no tiene fondo porque no es hambre de ayuda.
Es hambre de devorar.
—
No estás obligado a sostener a quien te hunde.
No estás obligado a seguir dando mientras tú te desangras.
—
Reconociste una cara.
Un nombre.
Un patrón que se repite.
Y algo dentro de ti susurra "ya no más"…
No te diré aquí lo que hay del otro lado.
Solo que quienes han cortado ese lazo…
Dejaron de ser alimento y recuperaron su paz, su salud y su vida.
—
No hay comentarios:
Publicar un comentario