"Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”.Ernest Hemingway.
Que
el silencio puede convertirse en ruido lo demuestra el peso, a veces
insufrible, de una soledad indeseada. Que el ruido puede hacerse
silencio lo revela cualquier esquina de cualquier ciudad, convertida en
la actualidad en un paseo de autómatas que, cabeza abajo, revisan su
dispositivo móvil (léase teléfono inteligente ) con afán, como si en cualquier
momento pudiera suceder algo y nadie quisiera perdérselo: el último
viral, la última noticia, la mejor oferta de viajes, el seguimiento
constante del Whatsapp u otras aplicaciones similares, ésas que insisten
en que estemos permanentemente conectados. Una vez más, por si pudiera
suceder algo.
¿Y
el vacío? ¿Y el silencio? ¿Dónde está? Parece ausente porque se está
olvidando no sólo cómo se practica sino también los beneficios que
aporta probar, de vez en cuando, a estar 15 minutos callado; vivir en
uno mismo.
Aventurero
aquel que, una tarde cualquiera, decide echarse bajo un árbol a
disfrutar su sombra y, como mucho, leer un libro. Osado quien, al llegar
a casa, en lugar de encender la televisión se sienta en el sofá del
salón, o se tumba en la cama, y piensa en el día que termina mientras
mira, plácidamente, las musarañas. Extraños los que, el lunes por la
mañana, mientras acuden al trabajo, en el autobús o en el metro, en
lugar de revisar obsesivamente las distintas aplicaciones que contiene
su 'smartphone', piensan, ¡qué arrebato!, en aquello que no terminaron
la semana anterior, en lo que les gustaría conseguir en la semana que
comienza, en lo que les aflige o en lo qué le alegra.
En
la era del 'micromomento', donde cualquier ciudadano consulta su
teléfono hasta 150 veces al día-según dicen los estudios sobre el
impacto de la tecnología-, disfrutar del vacío es un atrevimiento que
sólo practican con naturalidad aquellos que necesitan estar callados más
a menudo de lo que resulta habitual en el escenario contemporáneo. Los
que viven una vida monacal, y los artistas. Inmersos en el ruido
tecnológico, reflexión e introspección -lugares donde habita la quietud-
son sustantivos proscritos. ¿Por qué cuesta tanto disfrutar del
silencio? ¿Aterra? ¿No sé entiende su utilidad?
Es
lo único que no se puede manipular, es en el silencio donde se captan
más matices, y es una de mis grandes aficiones y de los grandes momentos
de mi vida, recuerdo la estampa de los cartujos mientras pasean, y he
añorado siempre la vida contemplativa.
En
efecto, Dios espera en silencio para remover el corazón del hombre y
hacerle volver a su amor. De este modo, el alma toma conciencia que este
silencio, más que expresión de la ira divina, expresa, en cambio, la
paciencia de Dios ante la infidelidad del hombre . Este mismo
sentimiento fue experimentado también por Jeremías en su interior: “Yo
decía: ‘no volveré a recordarlo, ni hablaré más en su nombre.’ Pero
había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis
huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía.” (Jer 20, 9). De
ahí que el hombre de fe no deje de invocar a su Dios: “Grito hacia ti y
tú no me respondes, me presento y no me haces caso” (Job 30, 20); “¡Oh
Dios no te estés mudo, cese ya tu silencio y tu reposo, oh Dios! (Sal
83, 2).
Poco
a poco el alma, purificada de sí misma y convertida hacia el Señor,
está preparada para el nuevo encuentro con su Dios. Pero aún así debe
recordar, como vivió Elías, que la Palabra divina se puede escuchar
solamente en el silencio. Después del huracán, del temblor, del fuego,
“el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, se cubrió su rostro con
el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. [Entonces] le fue
dirigida una voz…” (1 Re 19, 12-13).
En
resumen, para el alma el silencio/palabra de Dios no es solamente un
misterio de su amor infinito. El alma vive también el silencio de Dios
como un drama histórico. Es esta la experiencia de los profetas. Y no
dudaría decir, que es también el drama de cada uno de nosotros que
llevamos la Palabra de Dios en nuestro corazón y, en cambio, muchas
veces escuchamos el silencio de Dios y el silencio del hombre ante su
palabra. Ante este silencio de amor divino y de dolor interior humano,
el Señor logra que cada uno de nosotros, permanezcamos siempre en una
sana tensión de búsqueda de lo divino.
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