El tiempo es el regalo más valioso que Dios nos ha dado.
Y, al mismo tiempo, el que más desperdiciamos.
Vivimos como si la vida fuera infinita.
Como si siempre hubiera un “mañana”.
Como si las oportunidades no se acabaran.
Postergamos sueños.
Aplazamos reconciliaciones.
Guardamos palabras importantes.
Callamos sentimientos.
Dejamos para después lo que debería ser hoy.
Pero el panteón está lleno de personas que pensaron exactamente igual.
Entre esas tumbas hay:
Miles de historias quedaron inconclusas…
porque alguien creyó que tenía tiempo.
No pregunta edad.
No mira títulos.
No considera riqueza.
No espera a nadie.
En el panteón descansan:
Jóvenes y ancianos.
Ricos y pobres.
Fuertes y débiles.
Creyentes y no creyentes.
La muerte llega sin avisar.
“Empiezo mañana…”
“Después lo hago…”
“Cuando tenga tiempo…”
“Más adelante…”
Pero alguien dijo una gran verdad:
La postergación es un ladrón silencioso.
Roba propósito.
Roba fe.
Roba amor.
Roba destino.
Cuántos padres no dijeron “te amo”…
Cuántos hijos no pidieron perdón…
Cuántos corazones murieron con rencor…
Cuántas almas se fueron sin paz…
Todos pensaron que habría otra ocasión.
Pero no siempre la hay.
La muerte rara vez avisa.
Pregúntale a quienes ya partieron:
¿Cuántos sabían que ese era su último día?
Nadie.
Porque está lleno de:
Riquezas que nunca vieron la luz.
No seas quien dijo:
“Algún día…”
Y nunca llegó.
No seas quien vivió esperando…
y murió sin haber vivido.
No puedes controlar cuándo morirás.
Pero sí cómo vives cada día.
Vive con sabiduría.
Ama sin reservas.
Perdona rápido.
Sirve con pasión.
Trabaja con propósito.
Camina con Dios.
Porque un día el tiempo se acabará.
Y cuando llegue ese día…
que puedan decir de ti:
El reloj no se detiene.
La vida no espera.
El panteón ya está lleno de lamentos.
Que el tuyo no sea uno más.
— P. Albert Nwosu
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