Un hombre usó el Wi-Fi de su vecino durante cinco años.
Nunca pagó. Nunca agradeció.
—“Soy vivo” —decía.
Hasta que un día…
la señal desapareció.
Molesto, fue a tocar la puerta del vecino.
—Disculpe, ¿cambió el Wi-Fi? Necesito el código.
El vecino sonrió.
—Sabía que vendrías. Pasa, siéntate.
—Durante años vi tu dispositivo conectado.
Siempre supe que usabas mi señal.
—¿Y por qué no me bloqueaste antes? —preguntó.
—Porque quería que entendieras algo.
—Yo también vivo de cosas que no fabriqué:
respiro aire que no produje,
recibo un sol que no encendí,
como alimentos que no sembré.
Cada latido de mi corazón es prestado.
—La diferencia entre tú y yo es simple:
yo lo reconozco…
tú creías que te lo merecías.
—Durante cinco años usaste algo que no era tuyo
sin decir gracias ni una sola vez.
—Así vivimos muchos:
usamos la vida, la salud, el tiempo, las oportunidades…
como si fueran automáticas.
Creemos que todo es un derecho.
Y olvidamos que todo es frágil.
—Cambié la contraseña para recordarte esto:
todo es prestado, todo es regalo y todo puede desaparecer.
—La nueva contraseña es: GRACIAS.
Escríbela cada vez… y recuerda.
Roberto se fue en silencio.
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, reflexionó.
Vivimos como si la vida nos debiera algo.
La salud.
La familia.
El próximo respiro.
El día de hoy.
Solo cuando perdemos algo…
nos damos cuenta de su valor.
La ingratitud no hace ruido,
pero nos vacía por dentro.
¿Y tú… ya agradeciste hoy?
Di gracias ahora.
Antes de que la vida cambie la contraseña.
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